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Technophobic Wolf Cries
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YouTube and the movie industry
Not books, but movies…
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Autopsia. La lectoescritura.
Ahora bien, para regresar al tema. La lectoescritura: entendida en un sentido ampio como la producción y recepción de textos; y las condiciones necesarias para emprenderla: la literacy.
El punto de partida es el siguiente: el texto como una puesta en escena de una - o múltiples - propuesta(s) de la lectoescritura.
Parece innecesario, pero en más detalle aún:
- Lecto- . Lectura de fuentes (orales, escritos). Lecturas puestas en escena. Lecturas posibles del texto.
- Escritura- . Incorporación de fuentes. Comentario o análisis de fuentes. “Invención”. Recopilación del texto por escribas, copistas.
O, en formato de preguntas: ¿Qué ‘tipos’ de lectura propone el texto? ¿Por parte de quién? ¿Qué ‘tipos’ de escritura propone el texto? ¿Por parte de quién? ¿Cómo se transmite texto e ideas dentro de la narrativa? ¿Cómo se transmite texto e ideas materialmente? ¿Cuáles son los momentos en que la escritura impide la lectura, o los en que la lectura impide la lectura? … & etc., & etc.
Lectoescritura. La condensación de lectura y escritura en una sola palabra señala que no hay límite entre la lectura y la escritura. Son parte de un proceso cognitivo y una práctica social.
Para entrar (de nuevo) al tema, voy a enfocar específicamente en un espacio en particular donde la condensación de lectura y escritura se hace explícita: en la glosa - producto de un lector que se anima a escribir sobre la superficie del texto, inscribiendo su lectura en el manuscrito.
Considerando que allí, en la glosa, es donde más coexisten la lectura y la escritura en un sólo espacio textual, voy a dejar al lado las consideraciones sobre la oralidad y la escritura (por lo menos, por el momento) y enfocar mi mirada en el uso de las glosas.
Ahora empezará el trabajo de reconstrucción. Voy a ser optimista en pensar estas futuras composiciones no como cuerpos monstruosos, sino como remixes. Veremos qué pasa.
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Autopsia. La participación.
De este cadáver que estoy llamando “trabajo final”, quiero extraer ciertos elementos para el análisis. Pueden parecer bastante obvias algunas (o la mayoría de las) observaciones que apuntaré aquí abajo, pero las encuentro necesarias; como toda buena forense, quiero empezar con una descripción minuciosa del objeto de estudio. Será, no obstante, una autopsia invertida, empezando desde el centro para después ir reconstruyendo el cuerpo. Espero que este trabajo de reanimación no me resulte trágico.
La fuerza animadora de este cuerpo ha sido la idea de la negociación o la conversación, que aquí quiero rebautizar bajo una rúbrica más amplia, para después ir refinándola: la participación.
Entiendo la participación como una relación tripartita entre la producción de textos, los textos y el consumo de textos; en particular, los momentos o espacios en que el consumidor de textos se vuelve productor también. Eligo este vocabulario conscientemente, en lugar del vocabuario más tradicional de la teoría de la comunicación, que reformularía mi descripción en términos del receptor y emisor, para poner énfasis en el carácter activo de la participación (un rasgo que, como designa la terminología, puede ser fuertemente económico). Esta concepción de la participación deriva de las investigaciones de teoristas como Henry Jenkins y danah boyd, ambos que estudian la emergencia de nuevas formas interactivas de la producción y el consumo de artefactos culturales en las sociedades actuales, lo que Jenkins ha denominado “la cultura participatoria”.
Mi interés en el tema de la cultura participatoria viene desde hace varios años, cuando empecé, en mi adolescencia tardía, a usar el internet para más que el correo electrónico. En aquella época, era fanática de varias series televisadas (ya no vale la pena ni mencionar los nombres, que incluso en este contexto, me resultarían bastante vergonzosos), y pasaba horas tras horas en el internet leyendo sobre ellas: coleccionando trivias sobre los actores, la producción o la banda sonora; buscando citas, noticias, chismes; leyendo y comentando historias que otros fans habían subido al internet. A veces yo también escribía mis propios intentos de seguir con la historia, aunque nunca me animé a hacerlos públicos. En fin, el “texto” no terminaba cuando concluía la entrega o la temporada, sino que se extendía a otro ámbitos de la producción cultural.
Mi tropecé, varios años y fandoms después, con lo que se suele llamar el acafandom: gente que estaba teorizando, desde dentro o fuera de la academia, sobre las culturas de fans. En aquel momento, me interesaban mucho los temas del género y la sexualidad, así que leí unos cuantos ensayos sobre el tema (algunos que sobreviven, milagrosamente, en los ‘favoritos’ de mi browser, y también (acabo de descubrir) entre las fotocopias y apuntes que guardo de esa época, aunque no los he releído recientemente). Henry Jenkins era conocido como uno de los padres del disciplina.
Pasaron varios años en que me distraí con otras cosas, entre ellas, mis horas de trabajo en el “centro de escritura” de mi universidad, que inspiraron una investigación y ponencia sobre las multimodalidades en cuanto relacionadas a estos centros; y mi tesis de subgraduado, otra monstruosidad que esta doctora sí logró animar con las chispas de alguna fuerza primordial, no sé cuál.
Mi propósito, con este largo desvío genealógico, es explicitar algunos de mis motivos personales para este trabajo presente — cosa que por el momento sólo tendrá sentido realmente para mí, para reenfocarme, pero que quizás sirva de punto de partida para una reorganización del análisis, o (si me permito) una revivificación de aquel cuerpo inerte que yace aún sobre la mesa de disección.
El punto de partida será el siguiente: El texto es la puesta en escena de un diálogo sobre la participación: sobre la producción y consumo de texto(s). Este diálogo tomará forma de una negociación, un intercambio (social) de índole dialéctica.
Las preguntas centrales, relacionadas al tema, serán éstas: ¿Cómo solitica o rechaza la participación el texto? ¿Qué tipos de participación están inscritos, prescritos, denegados en el texto? ¿Quiénes son los “participantes” (actores, componentes del texto) en la producción y consumo del texto? ¿Quiénes pueden o deben participar, según el texto? ¿Cuáles son las relaciones de poder entre estos participantes?
La próxima vez seguiré con el tema particular de la lectoescritura, la categoría de participación en que el trabajo se enfoca.
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Post mortem
César Aira ha dicho, sobre su método de escritura: “Descubrí que si uno hace las cosas bien, todo puede terminarse demasiado pronto; al menos pueden terminarse las ganas de seguir, el motivo o el estímulo válido, dejando en su lugar una inercia mecánica. De modo que haciéndolo no tan bien (o mejor: haciéndolo mal) quedaba una razón genuina para seguir adelante: justificar o redimir con lo que escribo hoy lo que escribí ayer” (en Speranza, Graciela. Fuera del campo: Literatura y arte argentinos después de Duchamp. Barcelona: Anagrama, 2006. 300.).
El costumbre de la mala escritura (mi práctica con la ficción), si funciona en algún sentido para la escritura crítica, es sólo como primer paso en un proceso de llegar a una intervención crítica, definitiva. A la postergación del sentido en el proceso de escritura, el crítico necesita imponer un corte, un momento en que deja de escribir para escribir, y empieza a escribir para decir algo.
Fernando de la Flor se queja en Biblioclasmo que la crítica de hoy se ha empobrecido por una multitud de textos de comparación y contraste (43); ya no se dice nada sobre nada. Los culpables son, para él, la institución universitaria, el mercado editorial, el internet.
Es una visión bastante pesimista, pero la encuentro difícil de refutar, por mi propia experiencia de lectoescritora. La obligación a decir algo aun cuando uno no sabe qué decir en el aula y la posibilidad de decir cualquier cosa en el ámbito digital producen, por un lado, una superabundancia de contenidos sin sentido; la necesidad de Decir Algo para la producción crítica, con todas las implicaciones de la letra mayúscula, por otro. No son tendencias que excluyen la una a la otra, pero es difícil pasar entre las dos.
En una entrevista en debate. Revista semanal de opinión, Daniel Link, el escritor y catedrático argentino y un bloguero frecuente, sintetiza el problema del siguiente modo: “En cuanto al caso del blog, allí todo es más libre, pero eso no significa que sea más fácil: la libertad como condena. Además, no admite desarrollos (ficcionales o argumentativos) largos o con aparato crítico. El libro sigue siendo el momento de síntesis más alto, me parece, donde la libertad, las restricciones y las obligaciones, cuando uno tiene, además, suerte, se equilibran entre sí.”
La pregunta es la siguiente: ¿Cómo convertir las meditaciones dispersas del blog en una intervención crítica? ¿Cómo transformar lo semipúblico en público?
La mala escritura como principio, y la intervención crítica como fin. El problema yace en el intermedio, todavía confuso, donde sigo vagando, buscando aquél momento de corte.
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All states of the text, even the most inconsistent and bizarre, must be understood and eventually published, for, as the result of acts of writing and work practices, they constitute the work as it was conveyed to its readers. Every work exists only in its simultaneous material forms. The search for a pure primary text that would somehow exist prior to or beyond its various material embodiments is therefore pointless. To edit a work is therefore not to recover an ‘ideal copy text’ but to make explicit the reasons for preferring one or another of its various states, along with the choices governing the presentation (divisions, layout, punctuation, spelling).
Roger Chartier, Inscription & Erasure (33), on the perspective of Shakespearean criticism -
Outtake #3: Biblioclamo
De la Flor, Fernando. Biblioclasmo. Sevilla: Ediciones Renacimiento, 2004.
¿Por qué una visión tan apocalíptica? Parece extraña la oscilación enorme de los académicos entre un optimismo ingenuo y un pesimismo resignado sobre la web y sus consecuencias en el campo de la literacy.
Algo hay en este libro: las transformaciones en la literacy que vienen con el internet son percibidas como parte de un continuo, en que el libro también constituye un paso. Me interesa especialmente su concepto de la ceguera — la negloptencia (58) — como una forma de visión particular de la lectura. Una mirada que excluye a propósito — la necesidad de olvidar o bloquear la materialidad física de las marcas sobre papel para poder entenderlas como palabras. Pero tampoco creo que esta ceguera debe ser vista (perdón!) como pérdida, como si existiera un estado mejor, más puro, en que el ser humano tuviera una relación más directa con la naturaleza; como si toda tecnología fuera la herramienta de una degradación, el alejamiento del hombre de la naturaleza. Mantener una tal postura no tiene mucho sentido.
En pensar el internet como pura destrucción, alienación, pérdida, de la Flor es incapaz de ver lo que estas nuevas tecnologías crean. No implican una destrucción total de las viejas tecnologías de lectura, sino una transformación de ellas.
La pregunta no debe ser si se trata de la destrucción, sino si esta destrucción o desestabilización puede crear diálogos fructuosos.
(1/2/10)
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Outtake #2: La narrativa transmediática
En octubre, subí una entrada en que especulé sobre una novela detectivesca que se completa con pistas fuera del libro. Y recientemente, me di cuenta de que tales proyectos sí existen! Y tienen nombres!
Se trata de la narrativa transmediática. Éstas son definidas, por Henry Jenkins, del siguiente modo: “Transmedia storytelling represents a process where integral elements of a fiction get dispersed systematically across multiple delivery channels for the purpose of creating a unified and coordinated entertainment experience. Ideally, each medium makes its own unique contribution to the unfolding of the story.” Se relacionan con la multimodalidad, la cultura participatoria, la inteligencia colectiva.
Fourth Story Media se especializa en las narrativas transmediáticas. The Amanda Project es uno de sus proyectos. Se trata de una serie de ocho novelas para adolescentes sobre Amanda Valentino, una joven que se ha desaparecido después de varios meses en un pueblo rural de Maryland. Ha dejado una serie de pistas para sus amigos, que tendrán que descubrir que le sucedió. Construyen un sitio web para conectarse con otra gente que le conocía, con la esperanza de poder encontrarla con su ayuda.
El primer libro en la serie, invisible i de Melissa Kantor, fue publicado en septiembre. También se puede leer la novela en el sitio web de Harper Collins.
Más información - Un artículo en el NY Times sobre los libros híbridos que menciona la serie - “The Revenge of the Origami Unicorn: Seven Principles of Transmedia Storytelling”, Parts I and II - ilovebees, un scavenger hunt que se organizó en 2004 como publicidad para el videojuego Halo 2.
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¿biblioclasmo? ¿homenaje? genio.
(also: the cascade of attributions is a definite advantage over Twitter)
libraryland:softculture:anarchivist:
Some librarians took National Union Catalog volumes and turned them into a Christmas tree.
I love it. I don’t have a tree yet this year. I haven’t done any holiday shopping. Over all, I am not feeling that Christmasy. Help?
Posted on January 12, 2010 via ¡anarchivist! with 86 notes
Source: Flickr / lmulibrary
